-¿Es cierto que tiene voz de sargento?

–Creo que hablo como mi tío Miguel, pero me he acostumbrado tanto a mi voz que ya no me oigo. De cualquier modo, es mucho mejor tener una voz así que una de pito.

–¿Quién es su tío Miguel?

–Dije mi tío Miguel como pude haber dicho mi tío Bernardo o mi tío Juan, cualquier tío.

–¿Es cierto que es usted muy hombruna?

–Eso lo juzgará por sí misma y lo dirá usted al describirme. Véame, ¿le parezco hombruna? Sí, sí lo sé, traigo pantalones, me encantan los pantalones, pero los traigo por fuera, no por dentro.

Allí está, blanca y negra, negra y blanca, como reina de baraja, con sus pantalones de Cifonelli (pronúnciese Chifonelli), es el sastre de mi marido, y su casaca de Dior, una chaqueta negra espléndidamente bien cortada, abierta a los lados. Su pelo largo –ahora me lo dejé crecer–, ébano, ala de cuervo, brilla con reflejos azul profundo. Cuando tiene una la suerte de tener bonito pelo, ¿por qué ponerse postizos o pelucas? Y sus mejillas, manzanas lisas, también brillan. Camina como las fieras desplazando a su derredor ondas misteriosas. A veces se encabrita sobre sus botitas de charol, y uno la sabe peligrosa, rebelde, fogosa, con un aplomo de amazona que ha franqueado todos los obstáculos. Nunca se sienta. Erguida enseña sus cuadros uno a uno: Leonora Carrington, Leonor Fini, Diego Rivera, Sofía Bassi, Remedios Varo, pero sobre todo Leonora Carrington, de quien María habla mucho porque la quiere. Es mágica, yo amo la magia. Por ella, por Leonora, pondría mi mano en el fuego. Sería capaz de cualquier cosa. Sobre su pecho lanza destellos una joya flexible y le pregunto si será una pantera.